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4:41 p.m. - 2008-05-30
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Como dijo Jack el destripador, vamos por partes.
Emociones y Opiniones. El rojo al contrario del blanco denota ira, furia y emociones, . Cuando nos ponemos el sombrero rojo podemos expresar nuestro sentir por algo, sin que haya la necesidad de dar explicaciones para ello. Siempre hemos creído que en una discusión debemos ser objetivos pues las emociones no nos permiten pensar bien. Pero tenemos una pregunta, qué ocurre si una persona que tiene una amplia experiencia (de muchos años), recibe una idea y quiere expresar su sentir que transmite toda su experiencia aunque no puede describir objetivamente el por qué de ese sentir. ¿Se debe desestimar esta opinión?.........No, porque de lo contrario estamos perdiendo un valioso aporte de la experiencia de muchas personas. Todas las pasiones atraviesan una etapa en que son pura fatalidad, abismando a su víctima por el peso de la insensatez, y por otra, muy posterior, en que se desposan con el espíritu, se “espiritualizan”. En tiempos pasados, a causa de la insensatez inherente a la pasión, se hizo la guerra a la misma trabajando por su destrucción; todos los antiguos monstruos de la moral coincidían en exigir: “hay que acabar con, las pasiones”. La fórmula más célebre al respecto está en el Nuevo Testamento, en ese Sermón de la Montaña, donde, dicho sea de paso, nada se contempla desde lo alto. Allí se dice, por ejemplo, con respecto a la sexualidad: “Si te fastidia tu ojo, sácalo.” Por fortuna, ningún cristiano cumple tal precepto. Destruir las pasiones y los apetitos nada más que para prevenir su insensatez y las consecuencias desagradables de su insensatez se nos antoja hoy, a su vez, una mera forma aguda de la insensatez. Ya no admiramos a los dentistas, que extraen los dientes para que no duelan más... Ahora bien, admitamos en honor a la verdad que en el clima en que nació el cristianismo ni podía concebirse el concepto “espiritualización de la pasión”. Sabido es que la Iglesia primitiva luchó contra los “inteligentes” en favor de los pobres de espíritu; ¿cómo iba a librar a la pasión una guerra inteligente? Combate la Iglesia la pasión apelando a la extirpación de todo sentido; su práctica, su “cura”, es la castración. Jamás pregunta: “¿Cómo se hace para espiritualizar, embellecer, divinizar un apetito?” En todos los tiempos ha hecho recaer el acento de la disciplina recomendando la exterminación de la sensualidad, el orgullo, el afán de dominar, la codicia y la sed de venganza. Mas atacar por la base las pasiones significa atacar por la base la vida misma; la práctica de la Iglesia es antivital... Al mismo recurso, el de la castración, exterminación, apelan instintivamente, en la lucha contra tal apetito, aquellos que son demasiado débiles de voluntad, demasiado degenerados para refrenarlo; aquellos que alegóricamente (y no alegóricamente) necesitan hablar de la Trappe, alguna categórica declaración de guerra, un divorcio establecido entre ellos y tal pasión. Sólo los degenerados tienen necesidad de remedios radicales: la debilidad de la voluntad, más exactamente, la incapacidad para no responder a un estímulo, no es sino una forma distinta de la degeneración. La enemistad radical, mortal hacia la sensualidad, es un síntoma que da mucho que pensar; permite sacar conclusiones respecto al estado total de la persona que llega a tal extremo. Por lo demás, esa enemistad, ese odio, sólo se exacerba a tal punto si tales personas ni siquiera., tienen ya energías suficientes para efectuar la cura radical, expulsar su “demonio”. Pasando revista a toda la historia de los sacerdotes y filósofos, aparte la de los artistas, se comprueba que las diatribas más violentas contra los sentidos parten no de los impotentes, ni tampoco de los ascetas, sino de los ascetas fallidos, de aquellos que debieron ser ascetas... Emerson: Mucho más esclarecido, inquieto, polifacético y refinado que Carlyle; sobre todo, más feliz... Se alimenta instintivamente con ambrosía dejando lo indigesto de las cosas. En comparación con Carlyle, un hombre de buen gusto. Carlyle, quien lo apreciaba mucho, decía de él: “A nosotros no nos da bastante de comer”, observación que acaso sea cierta, pero no en detrimento de Emerson. Tiene éste esa alegría serena, afable y espiritual que desmonta toda seriedad; ignora lo viejo que es y lo joven que será aún; podía haber dicho de sí, repitiendo palabras de Lope de Vega: “Yo me sucedo a mí mismo.” Su espíritu siempre encuentra razones para estar contento y aun agradecido, y a veces roza la alegre y serena trascendencia de ese buen hombre que volvió de una cita de amor tanquam re tiene gesta: “Ut desint vires-dijo agradecido-, tamen est laudanda voluptas.” Anti-Darwin. Por lo que se refiere a la famosa “lucha por la existencia”, me parece, por lo pronto, más sostenida que demostrada. Se da, sí; pero como excepción. El aspecto total de la existencia no es el apremio, el hambre, sino, por el contrario, la riqueza, la abundancia y aun el derroche absurdo; donde se lucha, se lucha por poder... No se debe confundir a Malthus con la Naturaleza. Mas suponiendo que se dé esta lucha-y se da, en efecto-, su desenlace es, por desgracia, justamente el contrario del que desea la escuela darwinista, desfavorable a los fuertes, los privilegiados, los excepcionales. Las especies no progresan en el sentido del perfeccionamiento; una y otra vez los débiles dan cuenta de los fuertes, por ser la abrumadora mayoría y también por ser más inteligentes... Darwin se olvidó del espíritu (¡gesto típicamente inglés!). Los débiles tienen más espíritu... Hay que tener necesidad de espíritu para adquirir espíritu; se pierde si no se le necesita. Quien tiene la fuerza prescinde del espíritu (“¡déjalo!-se piensa ahora en Alemania-; el Reich ha de quedar” ... ). Como se ve, yo entiendo por espíritu la prudencia, la astucia, la paciencia, la simulación, el gran dominio de sí mismo y todo lo que es mimetismo (éste comprende gran parte de la llamada virtud). Casuística de sicólogo. He aquí un conocedor de los hombres; ¿para qué estudia a los hombres? Quiere asegurarse pequeñas o grandes ventajas sobre ellos; ¡es un político! ... Aquel otro también es un conocedor de los hombres y no con fines egoístas. ¡Miradlo más de cerca! ¡Tal vez busque incluso una ventaja más grave: la de sentirse superior a los hombres, tener derecho a mirarlos por encima del hombro, distanciarse de ellos. Este “impersonal” desprecia a los hombres; aquel otro es la más humana de las dos especies, aunque la evidencia parezca demostrar lo contrario, pues, al menos, trata a los hombres en un plano de igualdad, sintiéndose como uno de ellos... El tacto sicológico de los alemanes aparece puesto en tela de juicio por una serie de casos que mi modestia me impide enumerar. En un determinado caso no habrá de faltarme un magno motivo para fundamentar mi tesis: reprocho a los alemanes haberse equivocado con Kant y con la que yo llamo “filosofía de las traspuertas” ; esto ciertamente no fue un dechado de probidad intelectual. Otra cosa que me saca de quicio es el fatal “y”: los alemanes dicen “Goethe y Schiller”; temo que hasta digan “Schiller y Goethe”... ¿Todavía no se sabe quién fue Schiller? No es éste, por cierto, el “y” más grave; yo mismo he oído, en verdad que sólo de labios de profesores de Universidad, “Schopenhauer y Hartmann”... No puedes imaginarte como te hecho de menos... Aquí no tengo a nadie a quien confiar el lado bueno y el malo de mi vida, y esto es para mí una sensación nueva. Por si fuera poco, tampoco simpatizo con ninguno de mis colegas... Acabo de obtener el doctorado, y este hecho supones para mí la confesión más vergonzosa de ignorancia. La profesión de filólogo cada vez se aleja más de cualquier aspiración crítica, fuera de los horizontes del helenismo. Dudo incluso si devendré algún día un auténtico filólogo. Si la casualidad no me ayuda, no lo lograré de ninguna forma. El motivo es que, por desgracia, carezco de modelos, y me veo a mí mismo acercándome a pasos agigantados al abismo de la pedantería... ¡Que no daría yo por vivir juntos los dos!... He dado una conferencia sobre Sócrates y la tragedia que ha provocado un gran revuelo, amén de interpretaciones equivocadas, pero me ha servido para estrechar aún más si cabe los lazos con mis amigos de Tribschen. Espero que mi suerte cambie: hasta Richard Wagner me ha sugerido de la forma más enternecedora el destino que considera más apropiado para mí... Ciencia, arte y filosofía forman un amasijo tan informe en mi interior que puede que algún día engendre monstruos. Convendremos, en qué sentido precisamente ese fenómeno de nuestra vida moderna, y para hablar con propiedad, de la Europa cristiana y su Estado, ante todo la “civilización” romana ahora predomínate en todas partes, descubren la enorme tara que afecta a nuestro mundo: todos nosotros, con todo nuestro pasado, somos culpables, de semejante terror manifestado a la luz del día: de modo que, desde lo alto del sentimiento por nosotros mismos, deberíamos estar muy lejos de querer imputar el crimen de un combate contra la cultura a estos desdichados. Sé lo que quiere decir esto: el combate contra la cultura. La noticia del incendio parisino [se refiere a los episodios de La Comuna y a la noticia falsa y que para esta época él ya debía saber que era falsa del incendio del Louvre] me dejó anonadado durante varios días, me deshacía en lagrimas y dudas: empecé a ver el conjunto de nuestra existencia científica, filosófica y artística como un absurdo, porque un solo día basta para borrar las supremas maravillas quizá de periodos enteros del arte: me aferré con firme convicción al valor metafísico del arte, que no puede existir por culpa de la pobre gente, pero debe cumplir misiones más altas. Pero, a pesar de mi extremo pesar, no estaba en condiciones de arrojar la más mínima piedra a esos profanadores, que, para mí, sólo eran agentes de la culpabilidad universal, ¡sobre la que hay tanto que meditar! Estimado señor consejero privado: espero que no se molestara usted si le digo, con absoluta franqueza, que me asombra no haber escuchado de sus labios la más mínima palabra amable sobre el libro que acabo de publicar [El nacimiento de la tragedia], sobre todo porque se trata de una especie de manifiesto, y desde luego, invita a todo menos al silencio. Probablemente el asombrado será usted, respetado maestro, si continúa leyendo: yo creía que de encontrar usted algo prometedor en su vida sería este libro, prometedor para el conocimiento que tenemos de la Antigüedad, prometedor para el espíritu alemán, aun cuando cierto individuos tuvieran que perecer por ello. En efecto, por mi parte al menos, yo no dejaría de extraer de mis puntos de vista todas las consecuencias prácticas que ellas comprenden, y usted se hará una idea de ello si yo doy aquí conferencias públicas Sobre el porvenir de nuestros establecimientos educativos. Me siento –puede usted creerlo– desprovisto de ambiciones y prudencias personales; y no buscando nada para mí, es para los demás que espero hacer algo. –Lo que más me importa es adueñarme de la joven generación de filólogos, y pensé que sería un pobre signo el que no pudiera conseguirlo. Su silencio, pues, me intranquiliza un poco. No es que haya dudado ni un solo instante de su simpatía por mí, de la cual fui de una vez por todas persuadido, pero precisamente por esa simpatía podría interpretar esto ahora como una especie de recelo personal para conmigo. Es para disiparlo que le escribo
Estar muerto de cansancio.
Ya se habrá adivinado qué es lo que propiamente aconteció con todo esto y por debajo de todo esto: aquella voluntad de autotortura, aquella pospuesta crueldad del animal––hombre interiorizado, replegado por miedo dentro de sí mismo, encarcelado en el «Estado» con la finalidad de ser domesticado, que ha inventado la mala conciencia para hacerse daño a sí mismo, después de que la vía más natural de salida de ese hacer––daño había quedado cerrada, –– este hombre de la mala conciencia se ha apoderado del presupuesto religioso para llevar su propio automartirio hasta su más horrible dureza y acritud. Una deuda con Dios: este pensamiento se le convierte en instrumento de tortura. Capta en «Dios» las últimas antítesis que es capaz de encontrar para sus auténticos e insuprimibles instintos de animal, reinterpreta esos mismos instintos animales como deuda con Dios (como enemistad, rebelión, insurrección contra el «Señor», el «Padre», el progenitor y comienzo del mundo), se tensa en la contradicción «Dios y demonio», y todo no que se dice a sí mismo, a la naturaleza, a la naturalidad, a la realidad de su ser, lo proyecta fuera de si como un sí, como algo existente, corpóreo, real, como Dios, como santidad de Dios, como Dios juez, como Dios verdugo, como más allá, como eternidad, como tormento sin fin, como infierno, como inconmensurabilidad de pena y culpa. Es ésta una especie de demencia de la voluntad en la crueldad anímica que, sencillamente, no tiene igual: la voluntad del hombre de encontrarse culpable y reprobable a sí mismo hasta resultar imposible la expiación, su voluntad de imaginarse castigado sin que la pena pueda ser jamás equivalente a la culpa, su voluntad de infectar y de envenenar con el problema de la pena y la culpa el fondo más profundo de las cosas, a fin de cortarse, de una vez por todas, la salida de ese laberinto de «ideas fijas», su voluntad de establecer un ideal ––el del «Dios santo»––, para adquirir, en presencia del mismo, una tangible certeza de su absoluta indignidad. ¡Oh demente y triste bestia hombre! ¡Qué ocurrencias tiene, qué cosas antinaturales, qué paroxismo de lo absurdo, qué bestialidad de la idea aparecen tan pronto como se le impide, aunque sea un poco, ser bestia de la acción!... Todo esto es interesante en grado sumo, pero también de una tétrica, sombría y extenuante tristeza, hasta el punto de que tenemos que prohibirnos violentamente mirar demasiado tiempo a esos abismos. Aquí hay enfermedad, no hay duda, la más terrible enfermedad que hasta ahora ha devastado al hombre: ––y quien es capaz aun de oír (¡pero hoy ya no se tienen oídos para ello!––) cómo en esta noche de tormento y de demencia ha resonado el grito amor, el grito del más anhelante encantamiento, de la redención en el amor, ése se vuelve hacia otro lado, sobrecogido por un horror invencible... ¡En el hombre hay tantas cosas horribles!... ¡La tierra ha sido ya durante mucho tiempo una casa de locos!... Chicas Madrid Sin embargo, Storch se olvida de decirnos cómo puede coordinarse la existencia de este capital constante con el análisis del precio que él toma de A. Smith según el cual el valor de la mercancía sólo encierra el salario y la plusvalía, sin contener capital constante alguno. Sólo a través de Say se da cuenta de que este análisis del precio conduce a resultados absurdos, y las últimas palabras que él mismo escribe acerca de esto rezan así: “que es imposible descomponer el precio necesario en sus elementos más simples” (Storch, Cours d’Economie Politique, Petersburgo, 1815, II, p. 141). http://www.girlsbcn.es Puede ocurrir, sin embargo, que en P... P y M'... M’ se presenten circunstancia modificativas. Sí, por ejemplo, nuestro fabricante de hilados de algodón tiene grandes existencias de este artículo (y, por tanto, una gran parte de su capital productivo invertida en forma de existencias de algodón), una parte de su capital productivo resultará depreciada por la baja de los precios del algodón; en cambio, si estos precios suben, subirá también de valor esta parte de su capital productivo. Por otra parte, si ha inmovilizado grandes masas de capital en forma de capital–mercancias, por ejemplo, de hilados de algodón, ocurrirá que la baja del algodón depreciará una parte de su capital –mercancías y también, por tanto, de su capital encuadrado en el proceso cíclico; y, por el contrario, una subida del precio del algodón la hará subir. Finalmente, en el proceso http://www.girlsbcn.com.es Podría decirse, asimismo, que la parte del capital variable circulante que A desembolsa constantemente para pagar a sus obreros le refluye constantemente de la circulación, quedando constantemente en sus manos, inmovilizado para el pago de salarios, sólo una parte variable. Sin embargo, entre la inversión y la recuperación transcurre un determinado tiempo, durante el cual el dinero empleado para el pago de salarios puede servir también, entre otras cosas, para la realización monetaria de la plusvalía. Pero sabemos, en primer lugar, que cuanto mayor sea el tiempo que haya de transcurrir, mayor tiene que ser también, necesariamente, la masa de la reserva de dinero que el capitalista A ha de tener constantemente disponible. Y, en segundo lugar, los obreros invierten el dinero, compran con él mercancías, realizan, por tanto, monetariamente, en una parte proporcional, la plusvalía que en esas mercancías se contiene. Por consiguiente, el mismo dinero desembolsado en forma de capital variable sirve también, proporcionalmente, para convertir en dinero la plusvalía. No podemos entrar aquí más a fondo en este problema; diremos únicamente que el consumo de toda la clase capitalista y de las personas improductivas que giran alrededor de ella discurre paralelamente con el consumo de la clase obrera, por cuya razón los capitalistas tienen que lanzar dinero a la circulación a la par con el que lanzan los obreros, para invertir su. plusvalía como renta, lo cual supone una cantidad igual de dinero que se sustrae a la circulación. La explicación que acabamos de dar no haría sino reducir la cantidad necesaria, pero no la suprimiría. Barcelona prostitutas Pero el capital fijo requiere, además, una inversión positiva de trabajo, para ponerlo en condiciones de funcionar. La maquinaria necesita limpiarse de vez en cuando. Es éste un trabajo adicional, sin el cual se inutilizaría para el uso: se trata, simplemente, de contrarrestar ciertas influencias nocivas elementales, inseparables del proceso de producción; es decir, de mantener la maquinaria en estado de funcionamiento, en el sentido más literal de la palabra. El tiempo normal de duración del capital fijo se calcula, naturalmente, partiendo del supuesto de que se cumplan las condiciones bajo las cuales puede funcionar normalmente durante este tiempo, del mismo modo que al calcular que el hombre puede vivir 30 años por término medio se da por supuesto que habrá de lavarse. Aquí, no se trata tampoco de reponer el trabajo contenido en la máquina, sino que se trata del trabajo adicional constante que requiere su uso. No se trata del trabajo que realiza la máquina, sino del que se realiza en ella, del trabajo en que la máquina no es agente de producción, sino materia prima. El capital invertido en este trabajo forma parte del capital circulante, aun que no entre en el verdadero proceso de trabajo al que debe su origen el producto. Este trabajo tiene que invertirse constantemente en la producción y, por tanto, su valor tiene que reponerse también constantemente mediante el valor del producto. El capital invertido en él figura entre la parte del capital circulante que tiene que cubrir los gastos generales y que ha de distribuirse entre el producto del valor con arreglo a un cálculo promedio anual. Hemos visto que, en la industria, propiamente dicha, este trabajo de limpieza es realizado gratis por los obreros en sus descansos, razón por la cual se efectúa también frecuentemente durante el mismo proceso de producción, siendo causa de la mayoría de los accidentes. Este trabajo no cuenta en el precio del producto. El consumidor lo obtiene, pues, gratis. Por otra parte, el capitalista puede ahorrarse por completo, gracias a esto, los gastos de conservación de su maquinaria. El obrero paga con su persona, y esto constituye uno de los misterios a que obedece la conservación automática del capital, que representan en realidad una reivindicación jurídica del obrero sobre la maquinaria y lo convierten, incluso desde el punto de vista jurídica burgués, en copropietario de ella. Sin embargo, en ciertas ramas de producción en que la maquinaria, para limpiarse, tiene que alejarse del proceso de producción y en que, por tanto, la limpieza no puede realizarse en ratos perdidos, como ocurre por ejemplo con las locomotoras, este trabajo de conservación figura entre los gastos corrientes y, por tanto, como elemento del capital circulante. Una locomotora tiene que llevarse al taller, por lo menos, después de tres días de trabajo, para ser limpiada; hay que esperar a que se enfríe la caldera, para no exponerse a deteriorarla cuando se lave (R. C... núm. 17,823). Scorts en Madrid Los gastos del almacenamiento consisten 1) en una disminución cuantitativa de la masa de productos (por ejemplo, cuando la mercancía almacenada sea harina); 2) en un deterioro de la calidad; 3) en el trabajo materializado y vivo que se requiere para conservar las mercancías almacenadas. Chicas valencia III. Autores posteriores 7 Escorts en España Esta parte del valor–capital plasmada en medios de trabajo circula lo mismo que cualquier otra. Hemos visto, en términos generales, que todo el valor–capital se halla constantemente en circulación y que, por tanto, en este sentido, todo capital es capital circulante. Pero la circulación de esta parte del capital a que aquí nos referimos presenta un carácter peculiar. En primer lugar, no circula en su forma útil, pues lo que circula es simplemente su valor, y circula, además, gradualmente, fragmentariamente, a medida que se va transfiriendo al producto que circula como mercancías. Durante todo el tiempo que funciona, una parte de su valor permanece fijada en él, con existencia independiente frente a las mercancías que contribuye a producir. Esta característica peculiar da a esta parte del capital constante su forma de capital fijo. Todos los demás elementos materiales integrantes del capital desembolsado en el proceso de producción forman, por oposición a aquél, el capital circulante. Relax en Murcia En los ejemplos que pone A. Smith, define como capital fijo los instruments of trade y como capital circulante la parte del capital invertida en salarios y materias primas, incluyendo entre éstas las materias auxiliares (repaid with a profit by the price of the work). ( 12). Scorts Spain El resultado –ya se transporten personas o mercancías– es el cambio operado en su existencia dentro del espacio, por ejemplo, el que el hilo se halle ahora en la India en vez de hallarse en Inglaterra, en el lugar de su fabricación. sauna El hecho de que el precio de la fuerza de trabajo previamente señalado por contrato en cada caso se haga efectivo en dinero o se pague en medios de subsistencia no altera en lo más mínimo su carácter, en cuanto a un precio determinado, dado. Sin embargo cuando el salario se abona en dinero resalta con toda evidencia que no es el dinero mismo el que se incorpora al proceso de producción, al modo como se incorpora a él, no el valor, sino también la materia de los medios de producción. En cambio, sí los medios de subsistencia que el obrero compra con su trabajo se engloban en una misma categoría, como forma material del capital circulante, con las materias primas, etc. y se contraponen a los medios de trabajo, este da a la cosa una apariencia distinta. Si el valor de estas cosas, de los medios de producción, se transfiere al producto en el proceso de trabajo, el valor de aquellas otras cosas, de los medios de subsistencia, reaparece en la fuerza de trabajo que las consume y se transfiere también al producto mediante la acción que la fuerza de trabajo despliega. En ambos casos se trata por igual y simplemente de la reaparición en el producto de los valores desembolsados durante la producción. (Los fisiócratas tomaban esto en serio; por ello negaban que el trabajo industrial crease plusvalía.) Así se dice en el ya citado pasaje de Wayland: “No interesa saber en qué forma reaparece el capital... Del mismo modo se transforman las diversas clases de alimento, vestido y techo necesarios para la existencia y comodidad del hombre. Se reúnen y acumulan de tiempo en tiempo, y su valor reaparece...” (Elements of Political Economy, pp. 31 y 32). Los valores–capitales desembolsados en la producción en forma de medios de producción y de medios de subsistencia reaparecen según esto, por igual, en el valor del producto. Con ello se consuma felizmente la operación de convertir el proceso de producción capitalista en un misterio completo y se ocultan totalmente a la vista los orígenes de la plusvalía contenida en el producto. azafata de compañía Debemos poner en claro el carácter del desembolso desde el punto de vista de la sociedad capitalista. masajes barcelona
Mirarse el ombligo.
Cristiano y anarquista. El anarquista, como portavoz de capas décadents de la sociedad, reivindica con hermosa indignación “justicia” e “igualdad de derechos”, se halla bajo la presión de su ignorancia, no sabe comprender por qué sufre y, en definitiva, es pobre en vida... Obra en él un impulso causal: alguien debe tener la culpa de su mala situación... Por otra parte, su enorme indignación le hace bien; es un placer lanzar diatribas en nombre de todos los pobres diablos, ya que proporciona una pequeña embriaguez de poder. La sola queja, el solo hecho de quejarse, confiere a la vida un encanto que la hace llevadera; en toda queja hay una dosis sutil de venganza, uno reprocha su malestar, eventualmente hasta su maldad, como si fuese una injusticia, un privilegio ilícito, a los que no comparten su condición. “Si yo soy canaille, tú también debes serlo”-tal es la lógica que inspira la revolución-. La queja nunca vale nada, es un producto de la debilidad. Lo mismo da, en definitiva, que uno eche la culpa de su malestar a otros, como el socialista, o a sí mismo, como, por ejemplo, el cristiano; lo que en los dos casos hay de común y de indigno es que hacen a alguien responsable de su sufrimiento; en una palabra, que el que sufre se receta contra su sufrimiento la miel de la venganza. Los objetos de esta necesidad de venganza, que viene a ser una necesidad de placer, son causas accidentales; el que sufre encuentra por doquier motivos para satisfacer su mezquino afán vindicativo; si es cristiano, los encuentra, como queda dicho, en sí mismo... Tanto el cristiano como el anarquista son décadents. Mas también el cristiano, cuando repudia, difama y vitupera al “mundo”, lo hace llevado por el afán que impulsa al trabajador socialista a repudiar, difamar y vituperar la sociedad; aun el “juicio final” es el dulce consuelo de la venganza, la revolución deseada por el trabajador socialista, proyectada en un futuro un tanto más lejano... El propio “más allá”, ¿no es en el fondo un medio de difamar este mundo? ... masajes barcelona Al final del primer período de 5 semanas, lo mismo B que A han desembolsado e invertido un capital variable de 500 libras. Lo mismo B que A han transformado su valor en fuerza de trabajo y lo han repuesto con la parte del valor del producto nuevamente creado por esta fuerza de trabajo igual al valor del capital variable de 500 libras desembolsado Lo mismo en B que en A, la fuerza de trabajo no se limita a reponer el valor del capital variable de 500 libras desembolsado con un nuevo valor del mismo importe, sino que además le añade una plusvalía, la cual es, según nuestra hipótesis, de la misma magnitud. call girl barcelona 2º Y lo que decimos de la mercancía producida en una rama industrial determinada por cada obrero en particular, puede aplicarse al producto anual de todas las ramas industriales en conjunto. Lo que decimos del trabajo diario de un obrero productivo individual, es también aplicable al trabajo anual desarrollado por la clase obrera productiva en su totalidad. Este trabajo “plasma” (expresión de Smith) en el producto anual un valor global determinado por la cantidad del trabajo anual invertido, valor global que se descompone en una parte, determinada por la fracción del trabajo anual con que la clase obrera crea un equivalente de su salario, crea en realidad este salario mismo, y otra parte, determinada por el trabajo anual adicional con que el obrero crea una plusvalía para la clase capitalista. Por tanto, el producto de valor anual contenido en el producto anual está formado exclusivamente por dos elementos: el equivalente del salario anual percibido por la clase obrera y la plusvalía anual suministrada a la clase capitalista. El salario anual forma la renta de la clase obrera y la suma anual de la plusvalía la renta de la clase capitalista; ambas representan, por tanto (y este punto de vista es exacto cuando lo que se expone es la reproducción simple), partes alícuotas relativas del fondo anual de consumo y se realizan dentro de él. No queda, pues, margen para el capital constante, para la reproducción del capital invertido en medios de producción. Y que las partes del valor de las mercancías que funcionan como renta coinciden en su totalidad con el producto anual del trabajo destinado al fondo social de consumo, lo dice A. Smith expresamente en la introducción a su obra: “El objeto de estos primeros cuatro libros consiste en explicar en qué consiste el ingreso regular del conjunto de los moradores de un país o cuál ha sido la naturaleza de aquellos fondos que han venido a satisfacer su consumo anual” (p. 6). Y ya en el primer párrafo de la introducción, nos dice: “El trabajo anual de cada nación es el fondo que en principio la provee de todas las cosas necesarias y convenientes para la vida, y que anualmente consume el país. Dicho fondo se integra siempre, o con el producto inmediato del trabajo, o con lo que mediante dicho producto se compra de otras naciones” (p. 3). escort independiente en Barcelona Y obsérvese que este papa de la “low church”, esta cabeza visible de los pietistas ingleses, al igual que el supradicho Mr. Bankes, se las arregla para capar más todavía los míseros jornales de los braceros, embolsándose una parte considerable de ellos en concepto de rentas de casa. bcngirls Sin embargo, para que el poseedor de dinero pueda encontrar en el mercado, como una mercancía, la fuerza de trabajo, tienen que concurrir diversas condiciones. El cambio de mercancías no implica de suyo más relaciones de dependencia que las que se desprenden de su propio carácter. Arrancando de esta premisa, la fuerza de trabajo sólo puede aparecer en el mercado, como una mercancía, siempre y cuando que sea ofrecida y vendida como una mercancía por su propio poseedor, es decir, por la persona a quien pertenece. Para que éste, su poseedor, pueda venderla como una mercancía, es necesario que disponga de ella, es decir, que sea libre propietario de su capacidad de trabajo, de su persona.40 El poseedor de la fuerza de trabajo y el poseedor del dinero se enfrentan en el mercado y contratan de igual a igual como poseedores de mercancías, sin más distinción ni diferencia que la de que uno es comprador y el otro vendedor: ambos son, por tanto, personas jurídicamente iguales. Para que esta relación se mantenga a lo largo del tiempo es, pues, necesario que el dueño de la fuerza de trabajo sólo la venda por cierto tiempo, pues si la vende en bloque y para siempre, lo que hace es venderse a sí mismo, convertirse de libre en esclavo, de poseedor de una mercancía en mercancía. Es necesario que el dueño de la fuerza de trabajo, considerado como persona, se comporte constantemente respecto a su fuerza de trabajo como respecto a algo que le pertenece y que es, por tanto, su mercancía, y el único camino para conseguirlo es que sólo la ponga a disposición del comprador y sólo la ceda a éste para su consumo pasajeramente, por un determinado tiempo, sin renunciar por tanto, a su propiedad, aunque ceda a otro su disfrute.41 chicas compañía Pero, esta victoria del capital, al parecer definitiva, provocó una inmediata reacción. Hasta aquí, los obreros sólo habían opuesto una resistencia pasiva, aunque inflexible y diaria. Ahora, sus voces de protesta se alzaron con tonos francos de amenaza en los mítines de Lancashire y Yorkshire. ¿De modo que la pretendida ley de las diez horas no había sido más que una engañifa, una estafa parlamentaría, sin existencia real? Los inspectores de fábrica llamaron apremiantemente la atención del gobierno hacia la enorme tirantez que iba adquiriendo el antagonismo de clases. Había, además, no pocos patronos descontentos, que murmuraban: "Los fallos contradictorios de los jueces crean una situación anómala y anárquica. En Yorkshire rige una ley y otra en Lancashire, y la situación legal cambia con cada parroquia y cada comarca. Los patronos de las grandes ciudades pueden vulnerar la ley, pero los de pequeños centros perdidos en el campo no disponen del personal necesario para montar el sistema de relevos, ni mucho menos para desplazar a los obreros de una fábrica a otra, etc." Y ya se sabe que la igualdad en la explotación de la fuerza de trabajo es el primero de los derechos fundamentales del capital. contactos madrid La mitad, el 60/125, de las categorías de obreros industriales investigadas no consumía ni una gota de cerveza, el 28 por 100 ni una gota de leche. El promedio semanal de los alimentos líquidos oscilaba entre 7 onzas, que era la dosis de las costureras, y 243/4 onzas, dosis de los calceteros. Entre los jornaleros privados totalmente de leche formaban la mayoría las costureras de Londres. La cantidad de pan y otras sustancias semejantes consumida semanalmente variaba de 73/4 libras, ración obtenida por las costureras, a 11 1/4 libras, ración de los zapateros, arrojando un promedio total de 9.9 libras semanales por obrero adulto. El consumo de azúcar (jarabes, etc.) oscilaba entre 4 onzas semanales, para los guanteros en piel, y 11 onzas para los calceteros; el promedio total, para todas las categorías, era de 8 onzas semanales por obrero adulto. El promedio total de manteca (grasa, etc.) por semana arrojaba 5 onzas por obrero adulto. El promedio semanal de carne (tocino, etc.) por obrero adulto oscilaba entre 71/4 onzas, que obtenían los tejedores en seda, y l81/4 onzas, que tocaban a los guanteros en piel; promedio total, para las diversas categorías: 13.6 onzas. El costo semanal de la alimentación por obrero adulto arrojaba como promedio general las siguientes cifras: tejedores en seda, 2 chelines y 21/2 peniques, costureras, 2 chelines y 7 peniques; guanteros, 2 chelines y 91/2 peniques; zapateros, 2 chelines y 73/4 peniques; calceteros, 2 chelines y 61/4 peniques. El promedio semanal de los tejedores en seda de Macclesfield era de 1 chelin 81/2 peniques. Las categorías peor alimentadas eran las costureras, los tejedores en seda y los guanteros en piel.49
La levita es un valor de uso que satisface una necesidad concreta. Para crearlo, se requiere una determinada clase de actividad productiva. Esta actividad está determina por su fin, modo de operar, objeto, medios y resultado. El trabajo cuya utilidad viene a materializarse así en el valor de uso de su producto o en el hecho de que su producto sea un valor de uso, es lo que llamamos, resumiendo todo eso, trabajo útil. Considerado desde este punto de vista, el trabajo se nos revela siempre asociado a su utilidad. escorts girona 146 Durante los años de 1852 y 1860, años de esplendor de la industria algodonera inglesa, hubo fabricantes que intentaron captarse a los obreros varones adultos para una prolongación de la jornada de trabajo mediante el cebo de ofrecerles salarios más altos por las horas extraordinarias. Los hilanderos manuales y los selfactor minders pusieron fin a este experimento por medio de un memorial dirigido a sus patronos, en el que se dice, entre otras cosas: "Hablando sinceramente, la vida es para nosotros una carga, y mientras nos veamos encadenados a la fábrica casi dos días (20 horas) a la semana más que los otros obreros, tendremos que considerarnos como parias dentro de nuestro propio país y reprobamos el contribuir a eternizar un sistema que es la causa de nuestra ruina física y moral y de la de nuestra descendencia...advertimos, pues, respetuosamente, que desde el primero de año no trabajaremos ni un minuto más de sesenta horas semanales, de 6 a 6, descontando los descansos de hora y medía que la ley previene." (Reports etc. for 30 th April 1860, p. 30.) escorts independientes barcelona En los informes de Los inspectores de la beneficencia irlandesa (1870) 128 tenemos una exposición elocuente de la situación en que se hallan los jornaleros del campo de Irlanda. Funcionarios de un gobierno que sólo se sostiene por la fuerza de las bayonetas y apelando al estado de guerra, unas veces franco y otras encubierto, estos inspectores tienen que rodear sus informes de todas esas cautelas de lenguaje que sus colegas ingleses desprecian, pero, con todo, no permiten a su gobierno hacerse ilusiones. Según ellos, el tipo de jornales que se abonan en el campo y que es todavía muy bajo, ha experimentado, sin embargo, en los últimos veinte años, una subida del 50 al 60 por ciento, siendo en la actualidad, por término medio, de 6 a 9 chelines a la semana. Pero, detrás de esta aparente alza, se esconde un descenso real de los salarios, pues la subida no compensa siquiera el alza de precios de los artículos de primera necesidad durante ese mismo periodo; lo prueba el siguiente extracto, sacado de los cálculos ofíciales de un asilo irlandés: academialloret.com El trabajo puesto en movimiento un día con otro por el capital global de una sociedad puede ser considerado como una única jornada de trabajo. Así, por ejemplo, si el número de obreros que trabajan es de un millón y la jornada de trabajo media de un obrero, de 10 horas, la jornada social de trabajo será de 10 millones de horas. Partiendo de una duración dada de esta jornada de trabajo, ya se halle circunscrita por límites físicos o por limites sociales, la masa de plusvalía sólo puede aumentar aumentando el número de obreros, es decir, la población trabajadora. El incremento de la población constituye aquí el límite matemático con que tropieza la producción de plusvalía por el capital global de la sociedad. Y a la inversa. Partiendo de una magnitud de población dada, este límite lo traza la posible prolongación de la jornada de trabajo.3 En el capitulo siguiente veremos que esta ley sólo rige para la forma de plusvalía que venimos estudiando. estampas primera comunion El capital constante, es decir, los medios de producción, no tienen, considerados desde el punto de vista del proceso de incrementación del capital, más finalidad que absorber trabajo, absorbiendo con cada gota de trabajo una cantidad proporcional de trabajo excedente. Mientras están inmóviles, su simple existencia implica una pérdida negativa para el capitalista, ya que durante el tiempo que permanecen inactivos representan un desembolso ocioso de este capital, y esta pérdida se convierte en positiva tan pronto como su paralización exige desembolsos adicionales para reanudar el trabajo. Prolongando la jornada de trabajo por encima de los límites del día natural, hasta invadir la noche, no se consigue más que un paliativo, sólo se logra apagar un poco la sed vampiresa de sangre de trabajo vivo que siente el capital. Por eso es algo inmanente a la producción capitalista la ambición de absorber trabajo durante las 24 horas del día. Pero, como esto es físicamente imposible estrujando día y noche sin interrupción las mismas fuerzas de trabajo, para vencer este obstáculo físico no queda más camino que relevar las fuerzas de trabajo devoradas durante el día y durante la noche, relevo que admite diferentes métodos, pudiendo por ejemplo organizarse de tal modo, que una parte del personal obrero trabaje una semana de día y otra de noche, etc. Como es sabido, este sistema de relevos o régimen de turnos era el aplicado durante el periodo juvenil y próspero de la industria algodonera inglesa, entre otras, y es también el que florece actualmente en las hilanderías de algodón del departamento de Moscú. Como sistema, este proceso de producción de 24 horas diarias sólo impera hoy en muchas ramas industriales inglesas todavía libres, v. gr., en los altos hornos, forjas, talleres de laminación y otras manufacturas de metales de Inglaterra, Gales y Escocia. En estas industrias, el proceso de trabajo no sólo abarca las 24 horas de los 6 días de labor, sino también, en su mayor parte, las 24 horas del domingo. El personal obrero está formado por hombres y mujeres adultos y niños de ambos sexos. La edad de los niños y jóvenes oscila desde los 8 (en algunos casos desde los 6) hasta los 18 años.60 En algunas ramas, las muchachas y las mujeres trabajan también durante la noche mezcladas con los hombres.61 bares de copas en lleida Como la deuda pública tiene que ser respaldada por los ingresos del Estado, que han de cubrir los intereses y demás pagos anuales, el sistema de los empréstitos públicos tenía que tener forzosamente su complemento en el moderno sistema tributario. Los empréstitos permiten a los gobiernos hacer frente a gastos extraordinarios sin que el contribuyente se dé cuenta de momento, pero provocan, a la larga, un recargo en los tributos. A su vez, el recargo de impuestos que trae consigo la acumulación de las deudas contraídas sucesivamente obliga al gobierno a emitir nuevos empréstitos, en cuanto se presentan nuevos gastos extraordinarios. El sistema fiscal moderno, que gira todo él en torno a los impuestos sobre los artículos de primera necesidad (y por tanto a su encarecimiento) lleva en sí mismo, como se ve, el resorte propulsor de su progresión automática. restaurantes en barcelona Además, el desarrollo de la fuerza capital lanzado ya al proceso de producción productiva del trabajo reacciona también sobre el capital original, o sea, sobre el capital lanzado ya al proceso de producción Una parte del capital constante en funciones consiste en medios de trabajo, tales como maquinaria, etc., que sólo puede consumirse, y por tanto reproducirse o reponerse por nuevos ejemplares de la misma clase, en períodos relativamente largos de tiempo. Pero cada año muere o alcanza la meta de su función productiva una parte de estos medios de trabajo. Es decir que, cada año, esta parte se halla en la fase de su reproducción periódica o de su reposición por nuevos ejemplares de tipo igual. Cuando la fuerza productiva del trabajo aumenta en los hogares de producción de estos medios de trabajo, desarrollándose constantemente con los avances ininterrumpidos de la ciencia y la técnica, las máquinas, las herramientas, los aparatos, etc., antiguos ceden el puesto a otros nuevos, más eficaces y más baratos, en proporción a su rendimientos. El capital antiguo se reproduce bajo una forma más productiva, aun prescindiendo del cambio constante de detalles de los medios de trabajo existentes. La otra parte del capital constante, las materias primas y las materias auxiliares, se reproduce constantemente dentro del año, y en las ramas agrícolas, por lo general, anualmente. Toda implantación de nuevos métodos, etc., surte, pues, casi al mismo tiempo, los efectos de un nuevo capital, de un capital ya en funciones. Cada progreso químico no sólo multiplica el número de las materias útiles y las posibilidades de utilización de las ya conocidas, extendiendo con ello, al crecer el capital, las esferas de su inversión, sino que, al mismo tiempo, enseña a lanzar de rechazo al ciclo del proceso de reproducción los detritus del proceso de producción y de consumo, con lo cual crea nueva materia capitalista, sin necesidad de un previo desembolso de capital. A la par que una explotación intensiva de la riqueza natural por el simple aumento de tensión de la fuerza de trabajo, la ciencia y la técnica constituyen una potencia de expansión del capital independiente del volumen concreto del capital en funciones. Esta potencia reacciona también sobre la parte del capital original que se halla en su fase de renovación. Bajo su nueva forma, se asimilan gratis los progresos sociales conseguidos a espaldas de su forma anterior. Claro está que este desarrollo de la fuerza productiva va acompañado, al mismo tiempo, por una depreciación parcial de los capitales en funciones. Allí donde esta depreciación se agudiza con la concurrencia, descarga su peso principal sobre los hombros del obrero, con cuya explotación redoblada procura resarcirse el capitalista. BCN piso 58 Morning Star de 23 de junio de 1863. El Times aprovechó el episodio para defender a los esclavistas norteamericanos contra Bright y compañía. Muchos entre nosotros – dice – piensan que, mientras matemos trabajando a nuestras muchachas, torturándolas con el azote del hambre, aunque no sea con el restallido del látigo, nadie tiene derecho a atacar a sangre y fuego a familias que han nacido esclavistas, pero que, por lo menos, alimentan bien y hacen trabajar moderadamente a sus esclavos." (Times del 2 de julio de 1863.) En términos parecidos polemizaba el Standard, periódico tory, contra el rev. Newman Hall: "Excomulga a los esclavistas, pero reza con esos honrados caballeros que hacen trabajar 16 horas diarias por un mísero jornal a los cocheros y conductores de ómnibus de Londres, etc. "Por último, habló el oráculo, Mr. Thomas Carlyle, de quien ya en 1850 hube de escribir yo: el genio se lo ha llevado el diablo; lo único que ha quedado es el culto." En una breve parábola, reduce el único acontecimiento grandioso de la historia contemporánea, la guerra norteamericana de Secesión, a una rencilla entre el Pedro del Norte y el Pablo del Sur, porque aquél "alquila" a sus obreros "por días" y éste los "alquila de por vida" (MacMillan,s Magazine, Ilias Americana in nuce. Cuaderno de agosto de 1863 [p. 3011). Así fue como estalló, por fin, la bomba de jabón de la simpatía tory por el proletariado del campo – no por el de la ciudad, ¡Dios nos libre! – Y ya se ve lo que tenía dentro: la esclavitud.
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